Pero resistió. Después de décadas de tinieblas, llegó la luz. Con la colaboración y el apoyo del resto del planeta, fue capaz de vencer a sus demonios. Al borde del abismo, con su población huyendo y siendo acogida por los Estados vecinos, pudo poner fin al mayor terror que se había conocido.Sobre el mar de sangre que empapaba esa tierra, con los cientos de millones de almas de las gentes inocentes asesinadas como testigos mudos, los principales actores y motores de ese continente, junto con gran parte del resto de miembros, se conjuraron para que aquello nunca volviera a ocurrir. Para que el odio nunca más pudiera reinar, decidieron que, si separados no habían sido capaces de hacerlo, lo harían a través de una Unión.
Y así se urdió su conjunción. A diferencia de su vecino de ultramar, que se aposentó sobre el pilar principal de la libertad a ultranza, significando mayormente este principio el sueño de tener la misma libertad que los demás para llegar a ser ricx, estos Estados decidieron unirse sobre la tétrada de pilares de Libertad, Igualdad, Fraternidad y Justicia, para aposentar la tierra que se convertiría en el faro mundial de aquellxs que aspiraban a un mundo nuevo. Una tierra que fue vista como la superación de las fronteras territoriales y la unión de los diferentes pueblos por un bien común.
Esa Unión, que fue fundiéndose económica, financiera y legalmente, llegó a aspirar a unirse políticamente también. Su labor por la concordia mundial fue premiada con el mayor reconocimiento planetario en pro de la Paz. Parecía que la democracia había encontrado su paraíso.
Pero, con el paso del tiempo, fue pasando de una Unión de pueblos a un Club en el que, al principio, se intentaba dar cobijo a todos aquellos miembros que querían tener una segunda oportunidad después de salir de sus propias pesadillas y que, después, fue poniendo requisitos de etiqueta, cada vez más duros, para permitir nuevas entradas. Incluso llegó a amagar con expulsar a alguno de los que ya estaba dentro.
La aspiración de una Unión económica y financiera comenzó a imponerse sobre la política y social. El proyecto de la Unión se subyugó a su nueva moneda en vez de utilizarla como la herramienta como la que había sido forjada. Ya no se buscaba convertirse en los Estados Unidos de esa Unión, ahora se trataba de no romperse para no desangrarse económicamente.
La Unión se malogró poco a poco. Se transformó en un club de élite que fue perdiendo sus valores y que dejo de ser el faro que enfocaba al resto del mundo, atrayendo su mirada, para enfocar toda su luz y sus preocupaciones sobre sí misma. Sus puertas ya no estaban abiertas para una Unión de pueblos. Se encerró tras altos muros que le protegieran contra el exterior, que le impidieran ver la realidad, que le aislaran.
Ese continente pasó de ser la tierra de la libertad, a ser la tierra de las élites libres .La guerra, las dictaduras y la muerte volvían a correr por el mundo, pero esta vez lo hacían fuera de la Unión. Las gentes a las que entonces les tocaba sufrirlo, llamaban desesperadas a las puertas de lo que para ellxs era el edén de la libertad, de una nueva vida sin miedo y con oportunidades, aunque fueran simplemente las de seguir existiendo. Pero no hubo respuesta. Las élites de la Unión habían olvidado su historia, su experiencia 70 años atrás, lo que aquel terror suponía. Se colocaron el antifaz y con el dedo señalaron a estas gentes el camino a seguir: fuera.

"No se les puede dejar entrar" -se decía al pueblo llano, cuando de vez en cuando se dejaba llevar por la emotividad de ver en los medios a unx de lxs niñxs de aquellxs extranjerxs muertx o agonizando-, "entonces vendrían más". Se olvidaron de cuando eran ellxs los que huían, de que no había frontera que los retuviera para proteger la vida de sus pequeñxs y las suyas propias.
La Unión marcó en los anales de la historia un día negro. El 18 de marzo de 2016 quedaría grabado como el día en el que se quebró el sueño con el que había nacido aquella Unión, que buscaba acabar con la intolerancia, la muerte y los totalitarismos, que se defendía como la tierra más avanzada, social y humanitaria. El día en el que se blindó contra el sufrimiento extranjero de la forma más fácil: impidiéndole entrar.
Y éste es el momento de la historia en el que nos encontramos, cuando las élites han podrido sus raíces morales y el pueblo es feliz con sus ojos tapados por la mano que le ponen desde arriba y que él tampoco hace mucho esfuerzo por quitarse. Es más, quien intenta hacerlo, resulta molesto al resto.
Pero el cuento no acaba aquí, no puede acabar aquí. Como todxs sabemos, aún tiene que llegar ese último momento en el que parece que está todo perdido y no se puede ir a peor; en el que, con el aliento contenido del público expectante, quienes siguen manteniendo aquellos valores primigenios, final y sorprendentemente vuelven a coger las riendas de la Unión y a convertir esa tierra en el faro mundial de justicia, libertad, igualdad y fraternidad que un día fue.
El cuento no puede acabar aquí porque los cuentos siempre acaban bien, lxs malxs siempre pierden y lxs buenxs siempre ganan y, en este cuento, todavía no ha llegado la escena de lxs buenxs.
Y este cuento no puede acabar sin que lxs buenxs aparezcan, ¿no?



