domingo, 20 de marzo de 2016

Sueño quebrado

Había una vez, en un lugar muy muy cercano, un antiguo continente que se encontraba sumido en la oscuridad. Los totalitarismos fascistas y comunistas lo habían roto. Las dictaduras campaban a sus anchas, en especial al sur y al este. La guerra, la muerte y el odio lo asolaban. A punto estuvo de sucumbir en dos ocasiones, en las que el resto del mundo se vio envuelto, junto con él, en sendas guerras desoladoras, que marcarían al ser humano de por vida.

Pero resistió. Después de décadas de tinieblas, llegó la luz. Con la colaboración y el apoyo del resto del planeta, fue capaz de vencer a sus demonios. Al borde del abismo, con su población huyendo y siendo acogida por los Estados vecinos, pudo poner fin al mayor terror que se había conocido.

Sobre el mar de sangre que empapaba esa tierra, con los cientos de millones de almas de las gentes inocentes asesinadas como testigos mudos, los principales actores y motores de ese continente, junto con gran parte del resto de miembros, se conjuraron para que aquello nunca volviera a ocurrir. Para que el odio nunca más pudiera reinar, decidieron que, si separados no habían sido capaces de hacerlo, lo harían a través de una Unión.

Y así se urdió su conjunción. A diferencia de su vecino de ultramar, que se aposentó sobre el pilar principal de la libertad a ultranza, significando mayormente este principio el sueño de tener la misma libertad que los demás para llegar a ser ricx, estos Estados decidieron unirse sobre la tétrada de pilares de Libertad, Igualdad, Fraternidad y Justicia, para aposentar la tierra que se convertiría en el faro mundial de aquellxs que aspiraban a un mundo nuevo. Una tierra que fue vista como la superación de las fronteras territoriales y la unión de los diferentes pueblos por un bien común.

Esa Unión, que fue fundiéndose económica, financiera y legalmente, llegó a aspirar a unirse políticamente también. Su labor por la concordia mundial fue premiada con el mayor reconocimiento planetario en pro de la Paz. Parecía que la democracia había encontrado su paraíso.

Pero, con el paso del tiempo, fue pasando de una Unión de pueblos a un Club en el que, al principio, se intentaba dar cobijo a todos aquellos miembros que querían tener una segunda oportunidad después de salir de sus propias pesadillas y que, después, fue poniendo requisitos de etiqueta, cada vez más duros, para permitir nuevas entradas. Incluso llegó a amagar con expulsar a alguno de los que ya estaba dentro.

La aspiración de una Unión económica y financiera comenzó a imponerse sobre la política y social. El proyecto de la Unión se subyugó a su nueva moneda en vez de utilizarla como la herramienta como la que había sido forjada. Ya no se buscaba convertirse en los Estados Unidos de esa Unión, ahora se trataba de no romperse para no desangrarse económicamente.

La Unión se malogró poco a poco. Se transformó en un club de élite que fue perdiendo sus valores y que dejo de ser el faro que enfocaba al resto del mundo, atrayendo su mirada, para enfocar toda su luz y sus preocupaciones sobre sí misma. Sus puertas ya no estaban abiertas para una Unión de pueblos. Se encerró tras altos muros que le protegieran contra el exterior, que le impidieran ver la realidad, que le aislaran.

Ese continente pasó de ser la tierra de la libertad, a ser la tierra de las élites libres .La guerra, las dictaduras y la muerte volvían a correr por el mundo, pero esta vez lo hacían fuera de la Unión. Las gentes a las que entonces les tocaba sufrirlo, llamaban desesperadas a las puertas de lo que para ellxs era el edén de la libertad, de una nueva vida sin miedo y con oportunidades, aunque fueran simplemente las de seguir existiendo. Pero no hubo respuesta. Las élites de la Unión habían olvidado su historia, su experiencia 70 años atrás, lo que aquel terror suponía. Se colocaron el antifaz y con el dedo señalaron a estas gentes el camino a seguir: fuera.

"No se les puede dejar entrar" -se decía al pueblo llano, cuando de vez en cuando se dejaba llevar por la emotividad de ver en los medios a unx de lxs niñxs de aquellxs extranjerxs muertx o agonizando-, "entonces vendrían más". Se olvidaron de cuando eran ellxs los que huían, de que no había frontera que los retuviera para proteger la vida de sus pequeñxs y las suyas propias.

La Unión marcó en los anales de la historia un día negro. El 18 de marzo de 2016 quedaría grabado como el día en el que se quebró el sueño con el que había nacido aquella Unión, que buscaba acabar con la intolerancia, la muerte y los totalitarismos, que se defendía como la tierra más avanzada, social y humanitaria. El día en el que se blindó contra el sufrimiento extranjero de la forma más fácil: impidiéndole entrar.

Y éste es el momento de la historia en el que nos encontramos, cuando las élites han podrido sus raíces morales y el pueblo es feliz con sus ojos tapados por la mano que le ponen desde arriba y que él tampoco hace mucho esfuerzo por quitarse. Es más, quien intenta hacerlo, resulta molesto al resto.

Pero el cuento no acaba aquí, no puede acabar aquí. Como todxs sabemos, aún tiene que llegar ese último momento en el que parece que está todo perdido y no se puede ir a peor; en el que, con el aliento contenido del público expectante, quienes siguen manteniendo aquellos valores primigenios, final y sorprendentemente vuelven a coger las riendas de la Unión y a convertir esa tierra en el faro mundial de justicia, libertad, igualdad y fraternidad que un día fue.

El cuento no puede acabar aquí porque los cuentos siempre acaban bien, lxs malxs siempre pierden y lxs buenxs siempre ganan y, en este cuento, todavía no ha llegado la escena de lxs buenxs.

Y este cuento no puede acabar sin que lxs buenxs aparezcan, ¿no?




miércoles, 9 de marzo de 2016

Gerontofobia política

"Se requiere experiencia", es la frase que probablemente más se repita en los anuncios laborales. Un requisito hasta cierto punto lógico, que pierde su lógica cuando se requiere experiencia para todo trabajo existente y se pone complicado lo de conseguir experiencia sin haber podido conseguir trabajo por falta de ella, pero que todos podemos llegar a entender. No hace falta ser un gran empresario, a todxs, si nos dieran a elegir, nos gustaría tener a alguien con algún tipo de experiencia previa para nuestro pequeño negocio o nos quedaríamos mas tranquilo si, quien cuida de nuestrxs pequeñxs y/o de nuestrxs mayores, es alguien algo bregado en esa cuestión.

Sí, todos podemos comprender que la experiencia es un plus para cualquier trabajo. Salvo con una honrosa excepción: la política.

De un tiempo a esta parte, el hecho de tener experiencia política y experiencia vital en nuestro país estando, pongamos, por encima de la cincuentena, se ha convertido por si mismo en un argumento que desbarata las aspiraciones políticas de cualquiera, un hecho que se ha acentuado con la llegada de la "nueva política", principalmente del entorno de Podemos. A día de hoy, parece que España no es país para "viejxs" políticxs. Parece costumbre que, sobretodo entre la gente joven, ante la pregunta de por qué no votar a PSOE o incluso a IU, una de las respuestas más corrientes sea "porque llevan mucho tiempo ahí", incluso que fuera la opción que sus padres votaban, cuando por fin adquirieron el derecho a hacerlo, parece ser algo denigrante.

De arriba abajo y de izquierda a derecha: Giorgio Napolitano,
Nelson Mandela, Franklin D. Roosevelt y Mahatma Gandhi.
Por otro lado, la respuesta al porqué de su voto a fuerzas como Podemos, suele ser recalcitrante en el "son nuevos", "acaban de llegar", "son jóvenes", etc., etc..

El poso ideológico y de propuestas queda en un abandonado segundo o tercer plano cuando la imagen es lo que impera.

Pero, ¿por qué esta fobia a la edad? ¿por qué esta identificación de lo joven con lo bueno y lo experimentado con lo malo? ¿qué sería del mundo si a la hora de elegir a nuestrxs líderes politicxs nos hubiéramos regido por esta norma clasista?

¿Qué hubiera sido de Italia, en plena crisis económica, financiera, social y política si el excomunista Giorgio Napolitano no hubiera accedido a continuar con un segundo mandato en la presidencia italiana a sus casi 88 años para actuar como amalgama política e instaurar la tranquilidad en el país? ¿quién puede imaginar la lucha sudafricana contra el Apartheid sin Nelson Mandela, quien sería su presidente entre los 75 y los 80 años?, ¿acaso existiría hoy la Organización de las Naciones Unidas sin el sexagenario Roosevelt?, ¿sería India hoy la misma sin la lucha de Gandhi hasta bien pasados los 70?

De arriba abajo y de izquierda a derecha: Jeremy Corbyn,
Bernie Sanders y Hillary Clinton.
En el verano del 2015, el Partido Laborista del Reino Unido celebró la elección popular de su nuevo líder que, con el apoyo cuasi unánime de la juventud izquierdista inglesa eligió, con sus 66 años, a Jeremy Corbyn, el candidato más veterano y más escorado a la izquierda entre los cuatro que se presentaban. Mientras, en Estados Unidos lxs jóvenes están reincorporándose a la vida política estadounidense subidos en una ola de ilusión provocada por el Senador demócrata Bernie Sanders, un socialista de 74 años que lleva cuatro décadas haciendo política y, quién probablemente gane la nominación demócrata y tenga que medirse en las presidenciales de noviembre con el magnate Donald Trump, será una Hillary Clinton a sus 68 años.

Pero no sólo en lo personal, en el panorama político internacional, la edad parece no ser en absoluto una rémora sino que, a nivel de partido, esos 136 años de historia que el Partido Socialista carga a sus espaldas y que parecen ser otro argumento en su contra, no suponen ninguna lacra en el resto de países.

¿Acaso es preferible el Partido Republicano de Reagan y Bush (y, ahora, seguramente Trump) por contar con 27 años menos que los 188 de los que cuenta el Partido Demócrata de los Nobel de la Paz, Al Gore y Barack Obama (vale, tal vez Gore hizo bastantes más méritos que Obama para ganar el premio)? o, ¿no sigue siendo la histórica y vanagloriada socialdemocracia nórdica de Olof Palme el ejemplo político que todxs nos ponemos cuando queremos referenciar el mejor hacer de la política? ¿es peor esta referencia mundial de la izquierda y parte de la derecha cuando recordamos que el Partido Socialdemócrata de Finlandia cumple ya 117 años, el Partido Socialdemócrata Sueco 127, el Partido Laborista noruego 129 o los Socialdemócratas daneses 145?

Pero no hace falta tampoco salir de casa. Volviendo a asuntos más domésticos, es imposible para la izquierda republicana española hacer referencia a la II República sin hacer un trazado perpendicular con la imagen de Manuel Azaña a sus 56 años como su Presidente. Tampoco al partido de Pablo Iglesias pareció importarle mucho la edad cuando lanzó como fichaje estrella, en su estreno electoral en las elecciones europeas de 2014, al exfiscal Anticorrupción Carlos Jiménez Villarejo (hoy alejado de la formación y crítico con sus acciones) a sus 79 años. Ni, para el bien más preciado de la "nueva política", referente de la izquierda española y, especialmente de la nueva izquierda alternativa, la "alcaldesa de España", Manuela Carmena, parecen pesar sus 72 años y su más de medio siglo en política.

En el fondo, Manuel Azaña. Esquina superior izquierda, Carlos Jiménez
Villarejo. Esquina inferior derecha, Manuela Carmena.
Dejando a un lado los ejemplos, ¿acaso alguien considera realmente que, a la hora de dirigir un ayuntamiento, una región, un país... de tener la vida y el día a día de miles o millones de personas en la mano, ha de contar más lo joven que se sea que la experiencia que se tenga, que ha de ser más importante quedar bien en el cartel electoral que en los libros de historia?

Conste que esto no supone desprestigiar o descalificar a la gente joven en política por el hecho de serlo, al contrario, hay muchísima gente joven formada y capaz de llevar a cabo estas tareas y que, de hecho, lo está haciendo. Pero, el mero hecho de ser jóvenes, no da un don especial ante este desafío, del mismo modo que ni lo da ni lo quita, por sí sólo, el no serlo.

La izquierda es progreso. La izquierda defiende acertadamente la necesidad de no diferenciar a las personas ni prejuzgar sus capacidades por razón de sexo, religión, orientación sexual, raza, lugar de procedencia... ¿por qué acepta hacerlo por su edad?

Se puede ser de izquierdas y no ser joven , pero no se puede serlo siendo discriminatorio. Y, sí, la gerontofobia, aún en política, es discriminación.