El 11 de febrero del presente año, tras casi 30 años en el poder,
el último faraón egipcio, Hosni Mubarak, era derrocado por su propio pueblo
encabalgando el caballo de la revolución árabe. Pero la dictadura todavía no había
tocado a su fin.
La primavera árabe
comenzaba en Túnez a finales de 2010 con la Revolución de los Jazmines, Mohamed
Bouazizi, joven tunecino, veía como la policía confiscaba su único medio para
sobrevivir y sacar adelante a su familia: la venta ambulante. Bouazizi trataría
de poner una queja a las autoridades locales, algo que le
resultó inútil bajo la dictadura en la que se encontraba. Poco más
tarde este joven se embadurnaría de pintura inflamable ante un
edificio gubernamental y se prendería fuego, un fuego que no sólo acabaría con
su vida semanas más tarde, si no que prendería la mecha de la revolución que
culminaría con la explosión de los pueblos árabes contra sus tiranos en una
veintena de países, arraigando profundamente en, por lo menos, seis de ellos.
El 4 de enero de
2011 fallecía Bouazizi a causa de sus quemaduras y nacía así el imparable
movimiento que levantó al pueblo tunecino contra su tirano, Zine el Abidine Ben
Ali. La primavera árabe comenzaba su andadura de forma completamente inesperada
para Occidente, concentrado en su crisis económica y financiera, sin saber que
hacer, pendiente de los movimientos de los manifestantes. Sin involucrarse en
esta primera revolución los países europeos y norteamericanos felicitarían y
animarían a los tunecinos tras el abandono del país y del poder de Ben Ali el
14 de enero, pero todavía seguirían en un segundo plano.
Esta rápida e
inesperada revolución, que acabó con 24 años de dictadura, fue la primera ficha
del efecto dominó que se desencadenaría. A partir de entonces los pueblos
árabes comenzaron a coger fuerza, a manifestarse, a gritar contra sus tiranos y
a luchar por la democracia. Esta revolución que podía haberse quedado en nada
(pues Túnez es uno de los países más pequeños de la zona, con a penas 10
millones de habitantes) salpicaría a Marruecos, Argelia, Omán, Libia, Siria,
Jordania, Yemen, Bareín... y al país árabe por excelencia, el que daría a la
revolución las magnitudes que ha adquirido: Egipto.
A las penosas
condiciones de vida, el altísimo nivel de paro, la poca preparación del país
ante el salto demográfico (en 60 años la población se cuadruplicó, de
20 a más de 80 millones) con la consecuente falta de viviendas, los bajos
salarios... se unía una ley de emergencia reinante en el país desde 1967 con
Nasser en el gobierno, que dejaba sin valor a la Constitución, permitía la
censura, daba un poder excesivo al cuerpo policial (de lo que derivó la
animadversión mostrada por los egipcios hacia la policía) y prohibía las
formaciones política que el regimen no aprobaba, centrándose en
los Hermanos Musulmanes, a los que trataron de diezmar durante la
dictadura (esta contención del islamismo es lo que hizo que Occidente hiciera
la vista gorda con Mubarak y su falta de escrúpulos para con la democracia y
los derechos humanos). Además, la corrupción del todopoderoso Partido Nacional
Democrático, el partido de Mubarak (inexplicablemente aceptado en la
Internacional Socialista, al igual que la Agrupación Constitucional Democrática
de Ben Ali) produjeron un caldo de cultivo perfecto para la revolución de los
egipcios.
Con esto, 11 días
después de la caída de Ben Ali, el 25 de enero, más de 40.000 egipcios se
echaban a la calle en El Cairo, Alejandría, Asuán, Suez, Ismailia, Mahallah y
decenas de ciudades más, en lo que sería la manifestación más multitudinaria de
los últimos 30 años: el Día de la Ira.
El gobierno
censuraría a los medios y culparía a los Hermanos Musulmanes cortando el acceso
a internet a los egipcios, lo que no impidió que este medio se convirtiera en
esencial para la revolución y la organización de los (principalmente) jóvenes
de Egipto.
En los días
siguientes el gobierno usaría la violencia contra los ciudadanos quitándole la
vida a varios de ellos, las revueltas siguieron aumentando su magnitud, siendo
jaleadas por estas muertes, los Hermanos Musulmanes afirmaron su adhesión a
este movimiento y el premio Nobel de la Paz, Mohamed el Baradei, considerado
principal líder de la oposición, anuncio su vuelta desde el exilio para
participar en las revueltas posicionándose como posible
presidente transitorio si la caída de Mubarak se producía.
Ese mismo viernes,
28 de enero, desde la red social Facebook, se convocó la que debía de ser
"la marcha de un millón de hombres"; cientos de miles de egipcios se
lanzaron a las calles a luchar contra la dictadura, el Baradei encabezó la
protesta en Guiza, siendo detenido por la policía; se desencadenaron
enfrentamientos violentos entre las autoridades y el pueblo egipcio
encarnizándose en El Cairo y en Suez, tomando los egipcios en esta última las
comisarias y liberando a los detenidos. Hasta 20 personas fallecieron ese día.
El ejecutivo de Mubarak, impresionado por la muestra de poder de su pueblo,
hasta entonces adormilado por causa de la represión y el apoyo de los países
occidentales, formaría un nuevo gobierno y anunciaría algunas reformas,
demasiado tarde.
Al día siguiente
el ejército, colocado en un pedestal por los egipcios al contrario que la
policía, establecía un toque de queda que de nada serviría, pues ese
día 29, 50.000 egipcios y egipcias se concentraron en la hoy archifamosa plaza
Tahrir, la plaza de La Liberación; el pueblo se crecía por momentos, pues
preveían una caída inminente del regimen.
Tras varios días
de asentamiento en Tahrir, el 1 de febrero se convocó la marcha del millón de
personas a la que asistirían entre uno y dos millones de egipcios clamando por
la caída de Mubarak, desencadenando en los siguientes días en enfrentamientos
entre defensores y contrarios del dictador en la plaza de la
Liberación. El 4 de febrero se celebraría otra concentración multitudinaria,
esta vez, enfrente del palacio presidencial.
Seis días después,
el 10 de febrero Hosni Mubarak anunciaría en televisión que no renunciaba al
poder hasta septiembre, pero que delegaba sus responsabilidad en su
vicepresidente, Omar Suleiman, además prometía la reforma de la Constitución y
la derogación de la Ley de Emergencia. Esto no calmo los ánimos del pueblo que
seguía exigiendo la caída de Mubarak y que, desde aquel momento, contaba con el
apoyo y la protección del ejército.
El 11 de febrero,
en el llamado "Día de la despedida", circularon durante todo el día
rumores contradictorios sobre la salida de Mubarak del país; aquella misma
tarde, Suleiman confirmaba que Mubarak abandonaba el poder estableciéndose en
la península del Sinaí (dentro de Egipto, pero alejado de El Cairo) y colocando
a las Fuerzas Armadas a la cabeza del país con el mariscal Tantawi en la
presidencia de la Junta Militar.
En aquel momento
los egipcios respiraban aliviados, en menos de 1 mes habían conseguido acabar
con las tres décadas de dictadura de Mubarak y parecían dirigirse hacía una
verdadera democracia pilotados por el Ejército al que idolatraban.
Nueve meses
después, los militares continúan en el poder, resistiéndose a ceder el poder
íntegramente a lo que surja de la elección del pueblo.
En la última
semana, de nuevo los ciudadanos egipcios se concentran multitudinariamente en
la emblemática Plaza Tahrir, en la que exigen la renuncia del ejército y el
paso del poder a un gobierno civil elegido mediante su voto. Este lunes 21 de
noviembre el gobierno formado en marzo presentaba su dimisión en bloque tras 33
muertos y 1700 heridos por las protestas. La dimisión del gabinete, aunque
importante, no deja de ser insignificante, puesto que cualquier gobierno que se
forme estará bajo las órdenes de la Junta Militar, de la cual el pueblo pide la
dimisión. A pesar de un inicio de las revueltas de las cuales los Hermanos
Musulmanes se quisieron apoderar, los jóvenes laicos egipcios expulsaron al
líder de este partido de la plaza Tahrir y se colocaron de nuevo a la cabeza de
la revolución.
Mañana, lunes 28,
se celebrará la primera ronda de las elecciones legislativas a la que seguirá
la redacción de la nueva Constitución la cual deberá de ser aprobada en
referéndum. Después de la aprobación, la Junta Militar cederá el
poder a un gobierno civil que saldrá de las elecciones presidenciales que se
celebren. Los militares pretendían alargar este momento hasta bien entrado 2013
pero, la gran presión de los egipcios llevó al mariscal Tantawi a asegurar que
el traspaso de poderes se adelantaría hasta el próximo julio.
Tras unas semanas
en la que se corría el peligro de que Egipto se viera inmerso en una nueva
dictadura parece que el pueblo egipcio ha cogido de nuevo las riendas de la
transición y encamina al país a la senda de la democracia y el fin de los
gobiernos tutelados.
Algunos de los que
durante la dictadura de Mubarak la toleraron porque reprimía el islamismo
supuestamente radical, hoy, temen que, a la vista de la victoria de los
islamistas moderados en Túnez con el partido Ennahda, y en Marruecos, esta
misma semana, con el Partido Justicia y Desarrollo (reprimido por la monarquía
totalitaria de Mohamed VI) en Egipto se impongan también los Hermanos
Musulmanes, a pesar de las muestras de laicidad de las protestas de los últimos
11 meses. Venzan los islamistas o los partidos laicos es inconcebible que,
desde los países democráticos, se quiera mantener a un gobierno militar que no
representa a nadie por el temor a que venzan los que ellos no quieren que lo haga.
Lo importante de que exista un gobierno civil en Egipto no es quien lo
gobierne, si no el hecho de que exista, porque ello significa que los egipcios
y las egipcias tienen voz y voto por fin, y son los garantes de su futuro y su
gobierno. No se puede exigir a los egipcios lo que ni nosotros mismos hemos
tenido, no se les puede exigir que pasen directamente de una dictadura de 30
años a una democracia de corte occidental, no se puede pedir a los egipcios que
no quieran un gobierno musulmán en su gobierno cuando en el mismo núcleo de
Europa, en Italia, todos los principales partidos políticos se declaran
católicos o cuando no se sabe todavía los pasos que esos islamistas van a dar.
No debemos de
infundir temor a los egipcios hacia la democracia, debemos animarles a luchar
por ella igual que antes se hizo en este país y en muchos otros, debemos de
apoyar las ambiciones de libertad de la primavera árabe, de la tan esperada
lucha de los ciudadanos africanos contra sus dictadores. Hoy más que nunca
debemos de apoyar la democracia que se avecina.




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