lunes, 16 de enero de 2012

Adiós al último ministro de Franco

Padre de la Constitución, acomodador de los posfranquistas a la democracia, reformador durante la dictadura, disolvente del regimen desde su interior... anoche fallecía a los 89 años Manuel Fraga, expresidente de la Xunta de Galicia desde 1990 hasta 2005, presidente honorífico del Partido Popular y fundador de su precursora, Alianza Popular.
Todos esos halagos y honores se le han ido achacando a Fraga desde la caída del franquismo, en gran medida desde sus propias filas. Resulta indiscutible que, gracias a su partido, el grueso de los seguidores del franquismo consintieron (y consienten, pues haberlos aun los hay) entrar a participar en el juego democrático y también que su firma quedó estampada en la actual Constitución, así como que supo adaptarse sin mayor problema a la democracia. Unos hechos que resultarían magníficos a simple vista, pero no es oro todo lo que reluce.
Además de presidente de la Xunta y líder principal de la oposición durante la etapa democrática Manuel Fraga tuvo mucho pasado político antes de esto. Ministro de Información y Turismo durante siete años en pleno franquismo, tiempo durante el cual se firmaron, por parte del gabinete del que él formaba parte, muchísimas penas de muerte, como la del comunista fusilado Julián Grimau ("ese caballerete" según el entonces ministro), también fue él quien se encargó de informar de la "torpeza" del estudiante Enrique Ruano que tras caer "accidentalmente" por una ventana de las instancias de la policía, murió; y quien amenazó al padre de Ruano para que su otra hija abandonara sus protestas manipulando además un supuesto diario del estudiante haciéndolo pasar por un demente con tendencias suicidas. Sería además Vicepresidente y Ministro de la Gobernación durante el último gobierno de Arias Navarro, cuando acuñó la famosa frase delatora de su pasado, "la calle es mía".
"Es evidente que el glorioso alzamiento popular del 18 de julio de 1936 fue uno de los más simpáticos movimientos político-sociales de que el mundo tiene memoria. Los observadores imparciales y el historiador objetivo han de reconocer que la mayor y la mejor parte del país fue la que se alzó, el 18 de julio, contra un Gobierno ilegal y corrompido, que preparaba la más siniestra de las revoluciones rojas desde el poder" decía Fraga, el aperturista, que defendió el franquismo hasta sus últimos estertores. Encargado de la censura del regimen sobre todos los medios, desde el sector afín al difunto, a fuerza de manipulación, se ha conseguido que para muchos españoles, de la etapa de Fraga como ministro del franquismo, quede tan solo la graciosa imagen de su baño en Palomares.
Se le atribuye a Fraga también la disolución del regimen desde dentro. Se le puede llamar afán democrático o afán oportunista, pues no fueron pocos los que, de la noche al día, pasaron de ser fervientes defensores del Movimiento a ser "demócratas de toda la vida". Anteriormente militante de Falange, Fraga fraguó junto con otros seis ministros franquistas, la extinta Alianza Popular. Al mismo tiempo que, ya llegada la democracia, al igual que hiciera la misma derecha casposa en el 36 y la de hoy en día, aludía a la lucha contra el marxismo como uno de los pilares de su lucha política, Fraga conseguía erigirse como el conciliador que conseguía introducir a los franquistas en el juego democrático. ¿Un logro? Más bien una vergüenza; mientras que un ministro del Tercer Reich hubiera quedado invalidado políticamente en Alemania durante el resto de su vida (no nos pongamos ya a hablar de que hubiera sido juzgado), y no se hubiera aceptado ningún partido político que representara los ideales de los nacionalsocialistas, Fraga, haciendo gala de su creación (el "Spain is different") daba cobijo a la inmensa mayoría de los franquistas bajo las siglas AP dando voz al finiquitado franquismo con la excusa de su reinserción en la democracia; a partir de aquí, y con su refundación en el Partido Popular, esa ayuda a la reinserción, ha hecho del PP un cobijo de la extrema derecha que, de haberse negado desde el primer momento a representar a esos extremistas, sería hoy un partido que realmente representara al centro-derecha que condenara contundentemente la dictadura y que hubiera dejado paso a la censura de cualquier partido político que osara hacer gala de banderas antidemocráticas durante la celebración por su victoria e ideales dictatoriales y extremo-derechistas.
Firmante de la Constitución, si, conforme con ella, dudoso. Decía Manuel Fraga de la recién nacida Constitución que consagraba las "debilidades y las concesiones injustificadas hechas a los revanchistas" (esos malvados republicanos que desde el 31 no han hecho más que imponer su voluntad), cabe imaginar que, siendo Manuel Fraga uno de los creadores de la Carta Magna, su partido se volcaría en favor de la aprobación de la misma. Mal imaginado, de los 16 parlamentarios de AP, 5 darían un voto negativo y 2 su abstención. A partir de entonces Fraga iría abandonando el poder nacional convirtiéndose durante 15 años en presidente de la Xunta, senador, y uno de los políticos más ancianos de este país, junto con el comunista Santiago Carrillo (habrá que oir aullar contra él el día que desaparezca, a los que hoy acusan de desvergonzados a los que no lloran a los cuatro vientos por el recién fenecido) y el extremo-derechista Blas Piñar.
Dicen que la muerte a todos nos hace buenos, pero nada dice de que a los demás nos haga olvidar. La muerte no hará desaparecer el pasado franquista de Fraga ni su aportación a la represión del franquismo. Ya se encargarán otros muchos de lanzar salvas por el excelente político y pilar fundamental del Estado español, otros lamentaremos su pérdida como la de cualquier otro, sin olvidar ni dejar que se olvide quien fue quien.
Que descanse en paz Manuel Fraga Iribarne, otros muchos miles de españoles (de los de la "peor parte del país") siguen desperdigados en cunetas por orden y mando del regimen del que formó parte sentándose en breves en el banquillo el único juez que se ha atrevido a intentar juzgarlo.

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